El productor tras la cortina de humo

El cine ha hablado continuamente sobre el mismo. Se ha criticado sutil o de manera cruel y directa. Se han tratado todos los procesos que forman la creación de una película, desde la plasmación en papel de la idea hasta la proyección en la sala. Ningún miembro del mundillo se ha librado, actores, directores, guionistas… nadie, pero si alguna faceta que se ha tocado poco esa es la producción. El productor y su labor son extrañas, ocultas al gran público y son pocas las obras de cine que lo muestran. La razón es que la labor de un productor cinematográfico no es exclusiva del cine, hay millones de productores en despachos de bancos, naves industriales, partidos políticos, centros comerciales. Haciendo lo mismo. Los que lo diferencia es el fin que persiguen pero en el fondo son lo mismo. Los hay que entienden más o menos de lo que su producto final pero eso no los califica como malos o buenos productores. Una de mis películas favoritas es Wag the Dog (La cortina de humo). Es una comedia política sobre la manipulación, pero en su trasfondo habla de la producción por encima del producto.
La dirige Barry Levinson, un cineasta muy irregular que esta vez está a la altura del genial guión obra de Hilary Henkin y , sobre todo, David Mamet . Además está protagonizada por Robert De Niro que interpreta a Conrad Brean, un asesor de relaciones publicas de la casa blanca, y por Dustin Hoffman que a su vez da vida a Stanley Motss, un gran productor de Hollywood que sospechosamente se parece mucho al gran amigo de Hoffman y uno de los más grandes productores de la historia Robert Evans (Nota a los lectores: para más información sobre Robert Evans ver el gran documental El chico que conquisto Hollywood).
En plena campaña electoral americana se desata un escándalo sexual que involucra al presidente de los Estados Unidos. Empieza a bajar en las encuestas y su reelección está en el aire. Uno de sus hombres fuertes, la cabeza pensante de la campaña y de la imagen pública del presidente se reúne con un afamado productor de Hollywood. En esa reunión clandestina le lleva una proposición al egolatra personaje interpretado por Hoffman, producir una guerra. Levantar un farsa, una cortina de humo para desviar el tema del acoso sexual y dar altura de estadista al presidente mujeriego. Le propone crear una guerra que será transmitida por televisión para engañar al pueblo americano pero que realmente no existirá. Al productor le fascina la idea y acepta sabiendo que tendrá que guardar secreto para siempre. Y así montan el espectáculo reuniendo a una mesa de creativos donde están desde los de maquillaje, vestuario, un director hasta un equipo de guionistas. Eligen un país, Albania, como quien escoge un vestido y comienza el espectáculo.
La película se desarrolla de manera sosegada y en tono de comedia muestra las vicisitudes de la producción, problemas con los rivales políticos y la fragilidad de sistema. Y aunque exagerada muestra lo fácil que es manipular en sociedades cerradas sobre sí mismas. Tanto el personaje de Hoffman como el de De Niro representan un tipo de productor. El estrella, Hoffman, al que le gusta figurar y controlarlo todo. Pero con el tiempo nos damos cuenta que el verdadero productor es el personaje de De Niro, uno que comprende sus limitaciones y busca a los mejores para que suplan sus carencias. Y nos demuestra que la labor de producción es ajena a el fin de la misma, ya que Conrad Brean es un relaciones públicas pero en realidad es un productor, al mismo modo y con las mismas armas que su colega cinematográfico. Por eso los productores de cine a veces parecen estar ajenos al séptimo arte, gente que no encaja en ese mundo y es que los productores no encajan en ningún mundo nosotros encajamos en los suyos.








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